Flexibilizar las labores del hogar y trabajar como un equipo es fundamental. Esto cobra aún más sentido cuando nos damos cuenta de que al repartir los distintos quehaceres enseñamos a nuestros hijos el valor de la autonomía y a crecer en empatía.

Por María José Lacámara, psicóloga clínica.

La mayoría de las veces hablamos de la importancia del rol materno en la crianza de los niños. De la contención emocional, el apego y la conexión que tienen con sus hijos y cómo eso forma su personalidad. Durante años el rol del padre se ha visto relegado al trabajo profesional, a traer seguridad, sostén económico y protección familiar. Los hombres se encargaban de ir a trabajar de lunes a viernes y las mujeres a criar y conocer a sus hijos.

Hoy, en cambio, las responsabilidades son compartidas. La figura paterna ha dado un vuelco y nos encontramos con padres más involucrados en las tareas de la casa y más presentes en la crianza de nuestros hijos. Esto causa un gran impacto en toda la familia, sobre todo en nuestros niños, que hoy son observadores de una realidad distinta.

Si bien este cambio es consecuencia de lo que ha ido ocurriendo en el mundo, muchas veces no se da con tanta naturalidad. Se trata más bien de una decisión que podemos tomar como padres, ante la cual debemos tener en cuenta los grandes beneficios que implica el compartir las responsabilidades y tareas de la casa. Si lo logramos, los niños tendrán la vivencia de que los papás forman un solo equipo y que estamos siempre ahí para ellos, sin dejar de mencionar lo importante que es reconocer que no existen tareas de “hombres” y “mujeres” sino que cualquiera de los dos puede hacer lo que se necesite. La idea es que todos trabajemos por un bien común: construir la felicidad familiar.

La importancia del ejemplo
A medida que los niños ven que los padres están comprometidos con ellos, con la casa o con las distintas labores que genera la vida, ellos comienzan a involucrarse de poquito en las distintas cosas que hay que hacer. Casi de manera natural comienzan a entender que también tienen sus tareas y roles dentro de la familia, y que de ellos también depende el “ser” y “construir” este equipo.

Con este trabajo en conjunto, tanto mamás, papás e hijos descansan: y lo que es aún más importante, confían en que, si no está uno, estará el otro. No solo para hacer las distintas tareas del hogar, sino para poder disfrutar de la vida familiar. Si logramos trabajar como familia, sabemos y confiamos que siempre habrá otro dispuesto a tomar un remo y avanzar para llegar a buen puerto. Porque la vida familiar conlleva rutinas y tareas, y mientras estas sean compartidas por todos, no se tornan una carga sino en un núcleo cargado de valores que pasan a ser lo que define cada familia.

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