SIN SABER CÓMO, LOS NIÑOS SE TRANSFORMAN EN PEQUEÑOS HOMBRECITOS O MUJERCITAS, Y SU PERSONALIDAD SE DESARROLLA A PASOS GIGANTESCOS.
Los padres nos admiramos de sus avances, su clara inteligencia o talentos para el arte, la música o el deporte. Tanto, que podemos creer que ese niño “ya salió adelante” en la vida y que para seguir creciendo bien le bastan los rasgos impresos en él desde su nacimiento.
Pero eso es falso. Aún queda mucho por hacer: tal como la guagua necesita sobrevivir, el niño en la preadolescencia necesita formación, un reforzamiento de hábitos y valores que lo ayudarán a enfrentar una edad, sin duda mucho más difícil, como es la adolescencia.
DE LA RISA AL LLANTO
A esta edad los niños han superado la “edad de la razón” y los “¿por qué?” ya no son tan insistentes y reiterativos. Tampoco se encuentran en la “edad del pavo”, por lo que aún admiran a sus papás y buscan las conversaciones con ellos, mostrándose maravillosamente juiciosos cuando se trata de hablar de la guerra, la pobreza, la muerte… Sin embargo, también atraviesan días de enorme inestabilidad emocional y van de la risa al llanto por cualquier causa. Estas reacciones nos causarán menos desconcierto -y también menos enojo- si los padres entendemos que estos cambios se deben al crecimiento. Que no nos agoten la paciencia, entonces, cuando llegan llorando del colegio por cualquier cosa, ni que nos derritan con la miel de sus mimos a la hora de las correcciones.
INDICADORES DE SOBREPROTECCIÓN
Un error frecuente en que podemos caer en esta etapa consiste en la sobreprotección. Hay que recordar que crecer es la paulatina capacidad de estar solo y solucionar algunos problemas.
- No confiamos en su habilidad para hacer algunas tareas en la casa, como contestar el teléfono, regar el jardín, poner la mesa… (Decimos: “Mejor lo hago yo, él aún es pequeño”).
- Tiene miedos injustificados en lo que respecta a su desenvolvimiento público: terror al nuevo profesor, a la noche, a quedarse sin la mamá por unas horas en la casa de amigos.
- No ha aprendido todavía a ser amable, pidiendo por favor cada cosa y dando las gracias cada vez. La palabra “autocontrol” no figura entre sus reflejos, por lo que toda la familia hace vista gorda a rabietas desproporcionadas y reiteradas.
- La mamá y el papá reflejan su actitud posesiva en frases de este tipo: “Mi hijo no me come los porotos”.
Si la sobreprotección no se combate en esta edad, es fácil llegar a una adolescencia conflictiva donde los polos son un hijo definitivamente rebelde ante tanto cuidado y ternura empalagosa, o un hijo que se vuelve tímido y asustadizo, lleno de complejos.
TIEMPO DE COMPARTIR
Entre los 7 y los 12 años, aproximadamente, el carácter es como greda todavía húmeda, moldeable y suave. Las circunstancias ambientales, además, condicionan mucho la manera de ser y actuar.
En este período muestran gran sensibilidad hacia los valores más importantes, como la generosidad, laboriosidad, reciedumbre, responsabilidad, amor a la justicia y afán de superación. Por esta razón, el niño o niña valoran muchísimo los paseos familiares donde se prueban los lazos entre los padres y los hermanos: prender juntos una fogata, bajar los canastos para el picnic y organizar el mantel sobre el pasto. Es increíble cómo los papás muchas veces reemplazan este panorama tan simple y valioso, creyendo que para los hijos es más atractivo pasear por un centro comercial. La verdad es que, a esta edad, ni el frío, ni la lluvia, ni la incomodidad, desalientan a la hora de sumergirse en la naturaleza con sus padres.
Es bueno recordar, también, que en esta etapa aparecen algunos rasgos propios de la pubertad: se muestra más suspicaz, surge cierto interés por los niños del otro sexo y timidez para comunicar sus sentimientos en público. De a poco, además, muestran cierta rebeldía y entonan el famoso “ya soy grande”. Pero no hay que descuidarse: siguen deseando sentirse protegidos, son muy leales a su familia y sienten apego a su hogar.
- Para conocer a fondo el carácter de su hijo tienen que sumergirse en su efervescente personalidad. Hablar mucho con él para conocer el hilo de sus pensamientos, gustos, reacciones, deseos y aspiraciones.
- Si le trasmiten confianza y serenidad, pasarán muy pronto sus desproporcionadas reacciones. Tener en cuenta que ésta es una de las últimas etapas en la que los padres pueden alcanzar con relativa facilidad cierta intimidad con sus hijos.
- Acostúmbrense a hablar con él, conózcanlo y denle los razonamientos que les pida, sin menospreciar su capacidad de comprensión. Probablemente ya sea capaz de juzgar sus actos, y deben permitirle que -moderadamente- diga lo que piensa de ustedes, para aclararlo -por supuesto- discúlpense con humildad si él o ella tienen razón y ustedes han hecho algo mal.



