A partir de sus actos, nos armamos ideas de nuestros hijos y vamos poniéndoles etiquetas: el desordenado, el responsable, el payaso, el volado… Pero conviene ser cuidadosos, pues esos roles pueden no corresponderse con quién es ese niño en realidad.

A veces los adultos miramos a los hijos a través de prejuicios y sin la capacidad para reconocer cuál es la verdad de cada niño. «Los papás tienen que darse cuenta de que ser autoridad no es dar instrucciones o decirles a los hijos cómo deben ser. El trabajo consiste en descubrir la originalidad de ese niño, en hacer crecer la semilla que Dios puso en él y en nadie más», comenta la educadora Angélica Pérez.

En paralelo a esta visión obtusa de lo que es educar, se da la ignorancia acerca del poder de las palabras. Papás que sin mala intención -pues todos quieren lo mejor para sus hijos- largan sobrenombres, juicios o perpetúan roles, creyendo que a las palabras se las lleva el viento.

«En todos los grupos humanos ocurre que caracterizamos a las personas y las nombramos según lo que parecen sus fortalezas y debilidades», dice el psicólogo y terapeuta familiar Edmundo Campusano. Explica que el riesgo está en que muchas veces no somos conscientes de que los dichos tienen repercusiones.

Por eso, cuando alguien nos critica por ser muy duros, nos justificamos: «Es un decir no más». «Pero resulta que los vínculos, las relaciones, están hechas de decires», explica el psicólogo, y pone como ejemplo lo que recitan los esposos durante el sacramento del matrimonio, palabras que definen su existencia. También lo que le ocurre a un niño que se ha caído y su mamá le dice que no pasó nada; a él verdaderamente se le calma el dolor con esa compañía a través de las palabras.

Así, no tomarles el peso es total ingenuidad y error. Cuando a un niño se le dice que sólo sirve para contar chistes, que es el torpe de la casa o sólo se le alaba una de sus cualidades, se produce un efecto en él.

Además, dice Edmundo Campusano, los papás no se dan cuenta de que ellos pueden estar equivocados en sus dichos. «Creen que están describiendo cómo es el niño y muchas veces no es así. Lo que hacen es nombrar una conducta que él tiene, lo cual coopera a que se siga repitiendo, pero porque se ha encasillado al niño», observa el psicólogo.

Ver más allá de los actos
No es que no se le pueda decir nada a un hijo por miedo a determinarlo. La enorme diferencia la hace la manera en que se lo dice y desde qué perspectiva. Por ejemplo, es muy distinto ser una oveja negra que se sabe querido tal como es y ultra respetado por todos, a ser un oveja negra cuya opinión en la casa no vale y que piensa que nadie apuesta un peso por él.

Los papás de este último seguramente están mirando desde el miedo y eso no les permite ver todas las potencialidades que tiene ese hijo. Tal vez se quedan en que actúa distinto a los demás, en que tiene ideas que ellos no entienden y no han sido capaces de ir al origen del comportamiento.
«Hay que aprovechar los actos para ir al ser. Los papás debemos tratar de encontrar la raíz de su actuar, pues sólo así lo vamos a poder conocer realmente», dice Angélica Pérez.

De esa manera los padres pueden aportar al hijo datos verdaderos sobre su ser que lo ayudarán a ir forjando la imagen sobre sí mismo. Si no, es más lo que confunden que lo que construyen.

Algunas consignas

  • Las personas no somos estáticas: nuestra manera de ser y estar en el mundo va cambiando. Eso hay que permitirlo en los hijos y las clasificaciones rígidas no ayudan.
  • Mucho depende del observador y del contexto: el mismo hijo que es el hippie de su familia, tal vez sería el mateo de la casa del lado.
  • Existen ideas culturalmente asociadas a distintas circunstancias: del mayor, del conchito, del bueno para las matemáticas, del creativo, se esperan distintas cosas. Conviene limpiarse lo más posible de esas ideas preconcebidas.
  • Cuidado con que los hermanos hagan de muletas unos de otros: está bien que cada cual ayude en lo que sabe hacer mejor, pero hay áreas en que todos deben incursionar, aunque no sean los mejores en eso.
  • La familia es un sistema: el rol de cada uno se debe, en parte, a los roles que van tomando los demás. Por eso ocurre que un niño en el colegio sea distinto de cómo es en la casa. No es que en uno de los dos ambientes esté actuando.

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