LA FORMA EN QUE DECIMOS LAS COSAS IMPORTA. HACE LA DIFERENCIA ENTRE UN NIÑO TRISTE PORQUE NADA LE SALE BIEN Y UNO ENTUSIASMADO PORQUE LA PRÓXIMA VEZ LAS COSAS LE SALDRÁN MEJOR. REVISANDO NUESTRO DISCURSO, NOS DAREMOS CUENTA DE QUE LA CRÍTICA ES UN RECURSO MUCHO MENOS EFICIENTE DE LO QUE CREEMOS.
El libro “El poder del discurso materno” de la argentina Laura Gutman habla de la importancia de reconocer la manera en que una madre habla, cómo nombra las vivencias y emociones. Eso influye en la manera en que el niño incorpora esos episodios y va configurando su infancia, al mismo tiempo que delinea la biografía de la madre. Para Gutman, es esencial la intención con que se habla a los hijos, es decir, el sentimiento que guía las palabras. Así, es distinto hablar desde el amor, desde la culpa o desde la rabia.
Esta preocupación por el discurso hacia nuestros hijos ojalá tuviera un lugar en todas las etapas de la crianza, no sólo cuando son bebés; y fuera un tema que ocupara a los padres tanto como a las madres. Revisando la manera en que les hablamos y el efecto que produce en ellos, podríamos darnos cuenta de que algunos estilos que nos parecen muy efectivos, en realidad, no contribuyen a fortalecer el lazo con el hijo ni lo ayudan a ser mejor. Tal es el caso de la crítica.
Sandra Gelb, psicóloga y académica de la Universidad de los Andes, dice que se trata de un estilo de crianza muy instaurado en nuestro país. “Los que ahora somos padres fuimos educados de esa manera, por papás y profesores que criticaban, entonces nos parece normal. Pero, en realidad, educar, formar, corregir, no son sinónimos de criticar. Es un verbo que podemos dejar fuera perfectamente”, dice la psicóloga. Esto, no para convertirnos en padres que no exigen a sus hijos o que piensen que todo da lo mismo, sino para ayudarlos a ser mejores, pero usando herramientas más constructivas. “El problema de la crítica es que no da la solución. Enseña que la manera en que se hicieron las cosas está mal, pero no da luces de otras formas mejores de actuar. También paraliza, porque la persona juzgada queda con la idea de que es incapaz”, describe Gelb.
EL EFECTO DE LAS PALABRAS
La mayoría de las veces estas críticas emergen de los padres casi sin pensarlo. Son comentarios que se dicen al pasar, mientras hacen otra cosa; palabras que se lanzan y luego se olvidan. Pero, probablemente el hijo no las reciba con la misma liviandad ni las olvide fácilmente. Imaginemos a un niño que puso la mesa para la comida, que lo hizo lo mejor que pudo y luego escucha de su madre: “Francisco, no hay caso contigo. Te faltaron los vasos”. Ella arregla la mesa y continúa con sus cosas, pero en el niño, seguramente, quedará una herida.
Sandra Gelb explica que a partir de los 8 años el pensamiento es menos egocéntrico que cuando pequeños, entonces el niño toma elementos del ambiente y se los cree sin cuestionarlos. “Si recibe frecuentemente juicios negativos sobre sus acciones irá desarrollando una idea de sí mismo coherente con esas críticas. Sobre todo, si son comentarios de los padres, pues a esta edad su opinión es muy importante”, explica.
Esta idea de sí mismo es el autoconcepto y es algo que se va construyendo con el tiempo y que puede cambiar. Es la suma de las creencias que la persona tiene de sus cualidades personales: qué piensa hacer bien o mal, las habilidades y los defectos que cree tener, y la interpretación de las conductas y emociones propias. Esto da lugar a la autoestima, que es la valoración positiva o negativa que hacemos de ese autoconcepto; es decir, cómo nos sentimos respecto de él. Un niño consciente de sus cualidades y que sabe que es querido tal como es, sin dudas confiará en sí mismo y tendrá una vida más feliz.
ALTERNATIVAS A LA CRÍTICA
Ya que los queremos tanto, asegurémonos de que lo sepan y ayudémoslos a manejar sus limitaciones. Porque ése es el rol de los padres, corregir y ayudar a los hijos a que sean cada vez mejores. La clave es partir de cómo es el hijo -para no pedirle peras al olmo- y teniendo cuidado de no ofenderlo. Por ejemplo, frente a algo que no hizo bien o sin mucho empeño, una buena alternativa es morderse la lengua y abstenerse de hacer un juicio. En vez, mostrarle que había otras maneras de solucionar lo mismo.
Otro consejo de la psicóloga Sandra Gel, es mostrarle modelos y antimodelos y, a través, de ellos, exponer la manera de hacer las cosas que nos parece mejor. “Si se tiene un hijo mal genio, contar el caso de un compañero de trabajo que sea así y lo que produce en las demás personas. Eso nos evita referirnos todo el tiempo directamente al hijo”, dice Gelb. También sirve contarles cuentos o ver juntos películas que traten el tema que a los papás les interesa que el niño mejore o aprenda. Y, por supuesto, celebrarle las cosas que sí ha hecho bien; ojalá con palabras y un cariño físico, pues le da mucha mayor intensidad a lo que se dice.
Este sistema, el de subrayar los puntos fuertes de los niños, les permitirá ir obteniendo pequeñas victorias, con la alegría y la ilusión que conllevan. También aumentará su propia estima y ganas de luchar.
Se trata de tomar conciencia del estilo criticón y cambiarlo por un estilo fortalecedor de los hijos, donde no se busque que ellos obedezcan como autómatas -objetivo un poco ilusorio, por lo demás-, sino que de a poco se vayan convenciendo de que actuar bien es lo que los hará felices.
CRITICAR VERUS CORREGIR
Criticar:
1. “¿Cómo te las arreglas para que te vaya bien en todos los ramos menos en historia?”
2. “Por fin ordenaste tu escritorio. Parecía un chiquero”.
3. “Ah no; cámbiate ese polerón. Se ve pésimo con esos pantalones”.
4. “Era obvio que no te iba a quedar bien hecho el trabajo. Yo te dije que lo hicieras distinto”.
5. “Tan descariñado que eres. A duras penas dices ‘hola’”.
Corregir:
1. “Te felicito por tus notas. Sólo me llama la atención historia… Para la próxima vez estudiemos juntos; estoy seguro de que te puede ir mejor”.
2. “Qué bueno que ordenaste tu escritorio. Se ve mucho más bonito”.
3. “Me acordé de este polerón tuyo. ¿Te tinca probártelo? A lo mejor se ve bien con esos pantalones”.
4. “¿Quedaste contento con tu trabajo? A lo mejor esto se vería mejor de tal manera…”.
5. “Sé que soy una pedigüeña, pero es que te quiero tanto. ¿Me das un abrazo?”.



